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lunes, 25 de noviembre de 2013

La historia del bebé prematuro que conmueve al mundo

Ward Miller nació tres meses y medio antes de la fecha prevista y pesó sólo 700 gramos. Su padre Benjamin es un fotógrafo que documentó la evolución de Ward desde su primer día de vida hasta que cumplió un año.

El bebé tuvo que pasar más de 100 días en una incubadora y someterse a estrictos controles médicos desde su nacimiento. Lindsey, su madre, recién pudo tenerlo en sus brazos a los cuatro días de nacido.

"El video resume el primer año de mi hijo. Nació muy prematuro y tuvo que superar muchos y grandes obstáculos, pero no mayores que nuestro Dios. Esta es una historia del amor de una madre por su bebé", relató el padre de Ward.

"Quiero agradecer a los médicos, enfermeras y personal de todo el mundo que tiene como misión hacer que los bebés estén mejor. ¡Es gracias a ustedes que mi hijo siempre tuvo la oportunidad de llegar a casa!", afirmó.

El video fue visto más de 3.600.000 veces

Fuente: Espectador.com y CNN

jueves, 20 de junio de 2013

Otra VALIENTE ACTITUD de una familia antiabortista SALVA la VIDA de una niña, que nació, y se convirtió en la alegría del hogar

La revista argentina Familia y Vida reveló el caso de Luz María, que conmovió la provincia de Misiones (Argentina), pues varios organismo dichos “defensores de los derechos humanos”, medios de comunicación y representantes del Gobierno querían que fuese abortada por haber sido generada en un estupro.

Entretanto, la familia optó por la vida y la niña se convirtió en la alegría del hogar

Julieta Lardies, Delegada de la Red Federal de Familias en la provincia de Misiones, cuya acción fue decisiva para la vida de la niña, afirmó que, “dadas las circunstancia, cada hora que pasaba, cada minuto, podía ser determinante para la vida de la pequeña Luz María que, en el vientre materno, esperaba una sentencia”.

Sentencia que podía haber sido de muerte. Pero la familia, firme y consciente del derecho a la vida, enfrentó los llamados “defensores de los derechos humanos”, las autoridades, la prensa,  y la niña nació.

Vemos ahí un caso típico – y felizmente son muchos – de la fuerza que tienen aquellos que enfrentan a los que propugnan la matanza de seres en el seno de sus madres, y cómo esa acción decidida y firme impide una acción nefasta y criminal.

Estamos en el momento de nosotros también tener el coraje de enfrentar los que quieren impedir la vida de los nonatos. Tenemos el deber de conciencia de votar contra el aborto en el próximo plebiscito.

Y tengamos convicción de nuestra eficacia, pues contamos con lo principal: la aprobación y la ayuda de Dios. No nos quedará el remordimiento de haber sido omisos, porque habremos defendido el derecho a la vida de quien fue concebido.

Nuestra acción tiene grandes proporciones, pues cada uno de nosotros conoce muchos – entre familiares, amigos y conocidos – que pueden también hacer su parte para frenar la ley inicua que quiere dar patente de licitud a algo que va frontalmente contra la Ley de Dios. Disponemos  de medios eficaces: nuestras conversaciones con otros, la iternet.

Los que pretenden legalizar el aborto optarán por una actitud pasiva, sin gloria, se abstendrán de votar. 

Nosotros tendremos una actitud valiente y firme. Iremos a VOTAR contra el aborto y eso quedará escrito en el libro de la vida.


miércoles, 15 de mayo de 2013

¿Te lastimaste, hijo mío?

El amor materno en lo que tiene de más sublime y tocante
Plinio Corrêa de Oliveira

Es de Emile Faguet, si no me engaño, el siguiente apólogo: Había cierta vez un joven dilacerado por una situación afectiva crítica. Quería él con toda el alma a su graciosa esposa. Y tributaba afecto y respeto profundos a su propia madre. Entretanto, las relaciones entre nuera y suegra eran tensas y, por celos, la joven encantadora, pero mala, había concebido un odio infundado contra la anciana y venerable matrona.

En cierto momento, la joven colocó al marido entre la espada y la pared: o él iría a la casa de la madre, la mataría, y le traería el corazón de la víctima, o la esposa abandonaría el hogar. Después de mil vacilaciones, el joven cedió. Mató a aquella que le había dado la vida. Le arrancó del pecho el corazón, lo envolvió en un paño y se dirigió de vuelta a casa. En el camino tropezó y se cayó. Oyó entonces una voz que, salida del corazón materno, le preguntó, llena de desvelo y cariño: “¿Te lastimaste, hijo mío?”.

Con este apólogo quiso el autor destacar lo que el amor materno tiene de más sublime y tocante: su desinterés completo, su entera gratuidad, su ilimitada capacidad de perdonar. La madre ama a su hijo cuando es bueno. No lo ama, entretanto, sólo por ser bueno. Lo ama aun cuando sea malo. Lo ama simplemente por ser su hijo, carne de su carne y sangre de su sangre. Lo ama generosamente, y hasta sin ninguna retribución. Lo ama en la cuna, cuando todavía no tiene capacidad de merecer el amor que le es dado. Lo ama a lo largo de la existencia, aunque él suba a la cumbre de la felicidad o de la gloria o ruede por los abismos del infortunio y hasta del crimen. Es su hijo y está todo dicho.

Este amor, altamente conforme a la razón, tiene en los padres, también, algo de instintivo. Y, por instintivo, es análogo al amor que la Providencia puso hasta en los animales por sus crías. Para medir la sublimidad de este instinto, basta decir que el más tierno, el más puro, el más soberano y excelso, el más sagrado y sacrificado de los amores que haya existido en la Tierra, el amor del Hijo de Dios por los hombres, fue por Él comparado al instinto animal. Poco antes de padecer y morir, lloró Jesús sobre Jerusalén, diciendo: “¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise yo reunir tus hijos como la gallina recoge sus pollitos bajo las alas, y tú no lo quisiste!”

Sin este amor, no hay paternidad o maternidad digna de ese nombre. Quien niega ese amor en su excelsa gratuidad, niega, por lo tanto, la familia. Es este amor que lleva a los padres a amar a sus hijos más que a los otros – de acuerdo con la ley de Dios – y a desear para ellos, con afán, una educación mejor, una instrucción mayor, una vida más estable, una ascensión verdadera en la escala de todos los valores, inclusive los de índole social. Para eso, los padres trabajan, luchan y economizan. Su instinto, su razón, los dictámenes de la propia fe los llevan a eso. Acumular una herencia para ser transmitida a los hijos es un deseo natural de los padres. Negar la legitimidad de ese deseo es afirmar que el padre está para su hijo como para un extraño. Es arrasar la familia.

Fuente: Blog da Familia (Traducción libre del portugués)


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domingo, 22 de julio de 2012

No me arrepiento de haberla dejado nacer, dice madre de niña acéfala

“Siento la falta de ella, sufrí demás cuando ella murió, pero no me arrepiento ni un segundo de haberla dejado nacer”, dijo la campesina Cacilda Galante Ferreira, 41, madre de la niña Marcela de Jesús Galante Ferreira, que fue diagnosticada en 2006 como acéfalo. (…)
Marcela murió en agosto de 2008, después de haber vivido sorprendentes y exactos “un año, ocho meses y 12 días”, como recuerda la madre. La mayoría de los nacidos con acéfalo no pasa de los primeros días después del parto. A veces, mueren horas después del nacimiento.
Religiosa, Cacilda mantiene la misma opinión que tenía en la época en que cuidó de la hija hasta sus últimos días. “No se debe optar por el aborto. Quien da la vida es Dios y sólo Él puede quitarla”.
Cacilda tenía 35 años, y en la época vivía en una quinta en la ciudad de Patrocinio Paulista, en el interior de San Pablo, cuando supo que la hija nacería mal formada. Estaba embarazada de cuatro meses.
“La verdad, fue mi marido que supo del diagnóstico primero y sólo me contó después de algunos días”        .
La reacción de Cacilda, según ella contó, fue la de agarrarse a sus creencias: “Que se haga la voluntad de Dios, pensé yo”.
Cuando Marcela nació, la madre vivió en el hospital durante los cinco primeros meses de la niña y después se mudó a una casa de la zona urbana de Patrocinio Paulista para cuidar de la hija.
Independientemente de explicaciones médicas para el tiempo de vida que tuvo Marcela, para Cacilda sólo existe una explicación. “Fueron los cuidados, el amor y el cariño que le di a ella durante cada día de su vida”, dijo.
Ahora, casi cuatro años después de la muerte de la hija, Cacilda volvió al campo, está “continuando la vida”, como ella dice, y ayudando en los cuidados de su suegro, de 93 años.
Fuente: Folha de São Paulo (11/04/2012)
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viernes, 29 de junio de 2012


Papel de la madre en la formación de sus hijos y en el hogar

El amor materno
«¡Feliz el hombre a quien Dios dio una Santa Madre!», dice Lamartine. A pesar de los desvíos de su imaginación, Lamartine conservó siempre el recuerdo de la educación cristiana que le dio su madre. Como dice Joseph de Maistre: «Si la madre tomó como un deber imprimir profundamente en la frente de su hijo el carácter divino, puede estarse prácticamente seguro de que la mano del vicio nunca lo apagará enteramente».
«¡Cuantas otras madres imprimieron profundamente, en el alma de los hijos, el respeto, el culto, la adoración de Dios, de Quien ellas eran para ellos, por la pureza de vida, la imagen viva!
«Como madre, la mujer cristiana santifica al hombre-hijo; como hija, ella edifica al hombre-padre; como hermana, ella mejora al hombre-hermano; como esposa ella santifica al hombre-esposo».
La «raíz» de la santificación
«Yo quiero hacer de mi hijo un Santo»- decía la madre de San Atanasio.
«¡Gracias mil veces, Dios mío por habernos dado por madre una Santa!» – exclamaron por ocasión de la muerte de Santa Emilia sus dos hijos San Basilio y San Gregorio Nazianzeno.
«¿Quién nos dio a San Bernardo, y lo hizo tan puro, tan fuerte, tan abrasado de amor por Dios? Su madre, Aleth”.
«Más cerca de nosotros, Napoleón dijo: «El futuro de un niño es la obra de su madre».
Pasteur afirmó: «¡Oh padre mío y madre mía, que vivisteis tan modestamente, es a vosotros que yo debo todo! Tus entusiasmos, mi valerosa madre, tú me los trasmitiste. Si yo siempre asocié la grandeza de la ciencia a la grandeza de la patria, es por que yo estaba impregnado de los sentimientos que tu me habías inspirado».
El Santo Cura de Ars dijo a algunos que lo felicitaban por tener el gusto de la piedad, «Después de Dios, esto se debe a la obra de mi madre». «Casi todos los santos hicieron remontar los orígenes de su santidad a su propia madre».
La «raíz» de grandes personajes
«Es sobre las rodillas de la madre – dice Joseph de Maistre – que se forma lo que hay de más excelente en el mundo».
«Ella es en el hogar esa llama resplandeciente de que habla el Evangelio, distribuyendo sobre todos la luz de la Fe y el ardor de la caridad divina. A ella incumbe vivificar en la familia la idea de la soberanía de Dios, nuestro primer principio y nuestro último fin, el amor y reconocimiento que debemos tener por su infinita bondad, el temor de su justicia, el espíritu de religión que nos une a Él, la ley de las castas costumbres, la honestidad de los actos y la sinceridad de las palabras, la dedicación y ayuda mutua, el trabajo y la templanza»…
…y de hombres de cualquier condición social
«En la familia obrera - dice Augustin Cochin -  la figura dominante es la de la madre. Todo depende de su virtud y acaba por modelarse de acuerdo con ella. Al marido competen el trabajo y el aprovisionamiento del hogar, y a la mujer los cuidados y la dirección interior. El marido gana, la mujer ahorra. El marido alimenta a los hijos, la mujer los educa. El marido es el jefe de la familia, la mujer es su eslabón de unión con ella. El marido es la honra del hogar, la mujer su bendición».
Madre Católica: «raíz» del heroísmo
«El Vizconde de Maumigny escribió:
«Debemos a nuestras madres y hermanas el fondo de honra y de devota y caballeresca dedicación que es la vida de Francia. Nosotros les debemos la Fe católica. Discípulas de la Reina de los Apóstoles y de los Mártires, las madres hicieron pasar sus corazones a los de los hijos…».
«María Santísima, el modelo de las madres les enseñó cómo se sacrifica un hijo único a Dios y a la Iglesia. Al oír las narraciones de esas inmolaciones sublimes (este texto fue redactado en 1862, cuando los Zuavos Pontificios derramaban su sangre para defender la Santa Sede), Pío IX comentaba: «¡No, la Francia que produjo tales santas no perecerá jamás!».
La primera vez que la heroica viuda de Pimodan vio al Papa, no le dijo: «¡Oh, Santo Padre, devolvedme a mi marido!», si no que dijo: «¡Oh, decidme que él está en el Cielo!». Y cuando Pío IX respondió: «No rezo más por él», ella no preguntó nada más, pues entendió que era viuda de un mártir, y eso bastaba.
«En Castelfidardo los Zuavos Pontificios combatían bajo los ojos de sus madres, presentes en su pensamiento y entre las paredes del santuario donde la Reina de los Mártires engendró al Rey de los Mártires. Todos, mientras marchaban contra el enemigo, repetían esta frase de uno de ellos: «Mi alma a Dios, mi corazón a mi madre, mi cuerpo a Loreto». A la madre de ellos, a María Santísima, que a todos inspiraba, revierte la honra de la batalla. Como otrora los Cruzados, y más tarde los Vandeanos, fue sobre las rodillas de las madres que ellos aprendieron a morir por Dios, por la Iglesia y por la Patria.»
(Mons. Henri Delassus, L”Esprit Familial dans la Maison, dans la Cité et dans l”État, Société Saint-Augustin).
Fuente: Acción Familia

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