martes, 16 de septiembre de 2014

La tolerancia: virtud peligrosa

Plinio Corrêa de Oliveira
 
 
Hay muchos antidivorcistas. Pero entre ellos, son numerosos los que, oponiéndose al divor­cio, tienen una manera de ser senti­mental. En consecuencia, consideran románticamente los problemas nacidos del "amor". Puestos delante de la situación de un matrimonio amigo, esos antidi­vorcistas pensarán que es sobrehu­mano, por no decir inhumano, exigir del cónyuge inocente e infe­liz que rechace la posibilidad de comenzar una nueva vida (esto es, de dar muerte a su alma por el pe­cado). 
 
De la boca para afuera, conti­nuarán "lamentándose por el gesto" de este último, etc., etc. Pero cuan­do se le ponga el problema de la tolerancia, habrán hecho todo un montaje interior para justificar las condescendencias más extremas y más contrarias a la moral. Así, co­mentarán con blandura e indolencia lo ocurrido, recibirán en su casa a los recién "casados", los visitarán, etc. O sea, por el ejemplo trabajarán a favor del divorcio, al mismo tiempo que por la palabra lo condenarán. Está claro que el divorcio tiene mucho más que ganar que per­der con tal conducta de millares o millones de antidivorcistas. 
 
¿Cómo llegaron a la decisión de tolerar tan desdichadamente el cán­cer roedor de la familia? Es porque en el fondo tenían una mentalidad divorcista. 
 
Pero no paremos aquí. Tenga­mos el valor de decir la verdad en­tera. El hombre moderno tiene ho­rror a la ascesis. Le es antipático todo lo que exige de la voluntad el esfuerzo de decir "no" a los senti­dos. El freno de un principio moral le parece odioso. La lucha diaria contra las pasiones le parece una tortura china. 
 
Y por esto, no sólo con los divorciados, el hombre moderno, aún cuando dotado de buenos principios, es exageradamente complaciente. 
 
Hay legiones enteras de padres y profesores que por esto mismo son indulgentes, en exceso, con sus hijos o alumnos. Y el estribillo es siempre el mismo: Pobreci­to... Pobrecito porque tiene pereza; no le gusta que los mayores le llamen la aten­ción; come dulces a escondidas; frecuenta malas compañías; va a malos cines; etc. Y porque es un "pobrecito" raras veces recibe el beneficio de un castigo severo. No es necesario decir en que da esa educación. Los frutos ahí están. Son millares, millones de desastres morales ocasionados por una tole­rancia excesiva. "El que ahorra la vara a su hijo, odia a su hijo", ense­ña la Escritura (Prov. 13, 24). Pero, ¿a quién le interesa eso? 
 
Lo mismo ocurre frecuentemen­te, mutatis mutandis, en las relacio­nes entre patrones y obreros de cier­to género, ya que aquellos, tan pa­ganizados cuanto estos, sienten que si fuesen obreros también serían unos revoltosos. 
 
Y en todos los campos los ejem­plos se podrían multiplicar.
 
Claro está que dicha tolerancia se apoya en todo tipo de pretextos. Se exagera el riesgo de una acción enérgica. Se acentúa demasiado la posibilidad de que las cosas se so­lucionen por sí mismas. Se cierran los ojos para los peligros de la im­punidad. Etc., etc. 
 
En realidad, todo esto se evitaría si la persona que está en la alternativa de tolerar o no tolerar fuese capaz de desconfiar humildemente de sí. 
 
¿Tengo simpatías ocultas hacia este mal? ¿Tengo miedo de la lucha que la intolerancia traería consigo? ¿Tengo pereza de los esfuerzos que una actitud intolerante me impon­dría? ¿Encuentro ventajas personales de cualquier naturaleza en una actitud conformista? 
 
Sólo después de un examen de conciencia como éste la persona podrá enfrentar la dura alternativa: tolerar o no tolerar. Pues sin este examen nadie podrá estar seguro de tomar en relación a sí mismo las diligencias necesarias a fin de no pecar por exceso de tolerancia. 
 
Hay, de modo general, un consejo muy apropiado para los que se encuentran en esta alternativa. Todo hombre tiene tendencias malas que están particularmen­te arraigadas en él. Uno es apático, el otro violento, otro ambicioso, otro escéptico, etc. Siempre que la tolerancia exija la victoria sobre la mala tendencia que en nosotros sea más profunda, no necesitamos te­ner mucho miedo de pecar por ex­ceso de tolerancia. Pero siempre que ésta lisonjee nuestras malas in­clinaciones, abramos los ojos, pues el riesgo es grave. Así, si somos apáticos, no es probable que peque­mos por demasiada tolerancia para con un amigo que nos incita a la acción: nada más empalagoso, es­quivo o colérico que el perezoso contrariado en su modorra. Si so­mos irascibles, no corremos mucho riesgo en exagerar la tolerancia pa­ra con los que nos injurian. Si so­mos sensuales, es poco probable que nos mostremos demasiado ri­goristas en materia de modas. Y si tenemos un espíritu servil en rela­ción a la opinión pública, difícil­mente nos excederemos en invecti­vas contra los errores de nuestro siglo. 
 
Otro excelente consejo, para no pecar por exceso de tolerancia, con­siste en desconfiar mucho más de una flaqueza nuestra en este punto, cuando están en juego derechos de terceros, que cuando se trata de los nuestros. 
 
Habitualmente, somos mucho más "comprensivos" cuando los otros son los que están en causa. Perdonamos más fácilmente al la­drón que robó a nuestro vecino, que al que asaltó nuestra propia casa. Y somos más propensos a recomen­dar el olvido de las injurias, que a practicarlo. 
 
Y en este punto no perdamos de vista el doloroso hecho de que, se­gún los primeros impulsos de nues­tro egoísmo, Dios sería muchas ve­ces para nosotros un tercero. 
 
Así, estamos mucho más incli­nados a disculpar una ofensa hecha a la Iglesia, que la injuria que nos es hecha a nosotros; a soportar la lesión de un derecho de Dios, que un interés nuestro. 
 
En general, éste es el estado de espíritu de los católicos hipertole­rantes. Su lenguaje es imaginativo, sin energía, sentimental. Sólo saben argumentar – si es que se puede llamar a esto argumento – con el corazón. Hacia los enemigos de la Iglesia, están llenos de ilusiones, atenciones, obsequios y muestras de afecto. 
 
Pero se ofenden terriblemente, si un católico celoso les hace ver que están sacrificando los derechos de Dios. Y, en lugar de argumentar en términos de doctrina, transponen el asunto al terreno personal. ¿Acaso piensan que soy tibio? ¿Que no sé perfecta­mente lo que tengo que hacer? ¿Du­dan de mi sabiduría? ¿De mi valor? ¡Oh no!, ¡esto no lo puedo soportar! Y su pecho empieza a respirar ner­vioso, su rostro se llena de rubor, sus ojos se inundan de lágrimas, su voz toma una inflexión particular. ¡Cuidado! Este hipertolerante está en el auge de una crisis de intole­rancia. Se puede esperar de él cualquier violencia, cual­quier injusticia, cualquier unilateralidad. Es que su tolerancia de fachada sólo existía cuando estaban en jue­go valores insípidos y secundarios como la ortodoxia, la pureza de la Fe, los derechos de la Santa Iglesia. Pero cuando su nadita entra en es­cena, todo cambia. Y helo aquí dis­puesto a precipitar al infierno a quien le ofenda, aún levemente, con indignación análoga a la que San Miguel tuvo contra el demonio: "¿Quién como yo?" 
 

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